Desde el pasado día 29 de noviembre y durante las próximas dos semanas, miles de diplomáticos, científicos y activistas se reunen en Cancún para tratar de avanzar hacia un acuerdo para establecer un rumbo, diferente y más esperanzador que el actual, para nuestro planeta.
Se elaborarán propuestas y contrapropuestas, envueltas siempre en la extraña jerga de las negociaciones sobre el cambio climático y en las complejidades que caracterizan a la negociación de tratados internacionales.
Se discutirán las preocupaciones de países tan dispares como México, Holanda o Bangladesh. Se espera que las negociaciones sean difíciles y cambiantes. Allá donde los representantes diplomáticos se queden cortos; los científicos y las organizaciones no gubernamentales deberán intervenir para salvar las diferencias y encontrar soluciones.
Cada año que pasa nos muestra con mayor claridad y urgencia que el cambio climático es muy grave y ya está llamando a nuestras puertas. La ciencia se afana en demostrar que el cambio climático es un "factor importante que ha contribuído" a una serie de desastres naturales en el verano de 2010: lluvias torrenciales, inundaciones y deslizamientos de tierra que mataron a más de mil personas en China y generaron hasta 20 millones de desplazados en Pakistán. Rusia experimentó una fuerte sequía inducida por los incendios forestales y sufrió la pérdida de un quinto de su cosecha de trigo. Y además, un pedazo de casi 100 kilómetros cuadrados de hielo se desprendió de un glaciar de Groenlandia.
¿Necesitamos más evidencia?
